Hay días en los que Geraldine tiene una Máscara de Muerte sobre el rostro. Sus ojeras lucen más marcadas y grises que de costumbre. Sus pómulos sobresalen como protuberancias anómalas sobre las mejillas hundidas. Tiene los labios resecos, blancos y apretados, como conteniendo un gemido de agonía. Esos días no se peina, lo que provoca que su cabello, recogido de manera descuidada, se enmarañe y escape en todas direcciones. Los párpados están medio cerrados sobre unos ojos vacíos y vidriosos, sus manos se retuercen compulsivamente, su cuerpo se encorva y se cierra en banda.
Esos días Geraldine apenas habla. Si acaso gruñe, se cruza de brazos y asesina con la mirada a aquél que se haya atrevido a dirigirle la palabra. También rehúye todo contacto físico como si quemara, mostrando una mueca de asco y desprecio al que intente tocarla. Odia a todo el mundo, cualquier cosa que cualquiera diga o haga le parece mal. Tiene los nervios y las emociones a flor de piel, tanto, que en algún momento explota y le chilla un par de perlas al primero que pase por delante, o se encierra en el baño a llorar sin que nadie lo sepa.
Sara está muy acostumbrada a los bajones periódicos de su amiga, y aconseja a todo el que quiera escuchar que la dejen tranquila hasta que se le pase. Normalmente Geraldine acaba contándole las razones de su arrebato si está a su lado, en silencio, el tiempo suficiente. Pero, a veces, no hay un motivo concreto: simplemente, sus defensas se derrumban y la realidad se le viene encima como una avalancha de piedras. Cuando está excesivamente harta, Sara le aconseja que vaya a un sicólogo a purgar sus demonios, pero Geraldine es demasiado orgullosa. Dice que lo lleva bien, y es cierto, excepto en esos días.
Esos días Alan se desespera porque no entiende nada.
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