Ayer, mientras caminaba hacia el templo del saber, me perdí en mis pensamientos. Nada fuera de lo habitual: por muy fuerte que suene la música, mi cerebro grita más. Pero ayer me concentraba más de lo normal en un solo tema. Le di mil vueltas, lo miré desde todos los ángulos posibles, lo destripé y lo rearmé un millón de veces. El tema en cuestión parecía ir por buen camino, cosa que había aliviado la preocupación suscitada por ciertos gestos la semana pasada, pero el proceso era tan extremadamente frágil que no podía dejar de imaginar maneras de protegerlo. Por desgracia, ninguna parecía factible.
De repente me encontré delante de El Cuadro. Recordé que ahí había empezado todo, por los motivos equivocados, pero ahí estaba la prueba de que no todo eran castillos en el aire. El destino estaba pintado en una pared. ¿Se cumpliría la profecía?
Se me ocurrió que seguramente no podía hacer nada, pero podía intentarlo. No sería la primera vez que mis deseos o ideas se cumplían como por arte de magia. Así que miré a mí alrededor para cerciorarme de que no había nadie que pudiera acusarme de loca, coloqué la palma de mi mano derecha justo en el centro del dibujo –cubriendo el pequeño corazón rojo—y cerré los ojos. Me concentré en lo que quería, junté en mi interior todos los pedacitos de aquella especie de pulso que sentía a veces dentro de mí, como queriendo salir de mi cuerpo para mover el mundo, y empujé el corazón de pintura con mi mente.
Realmente no esperaba que pasara nada, ni que mis intenciones tuvieran alguna influencia en la dura piedra. Pero pasó. Sentí que todo mi cuerpo se estremecía, como sacudido por una corriente eléctrica que salía de mí por el brazo extendido. Una fuerza desconocida se vertía desde mí hacia al muro, pero eso no era todo. Notaba una presencia muy cerca de mí, casi respirando sobre mi cuello, que apretaba mi mano libre apoyando mi bendición y proveyéndome de la fuerza necesaria para darla.
Apenas duró unos segundos. Las sensaciones, tan abrumadoras, hicieron que entrara en mis venas un pánico gélido. Me daba la impresión de que estaba entregando parte de mi alma con mi deseo, que la felicidad que otros recibirían sería tomada de la mía, tan precariamente conseguida. Aparté la mano con un respingo, asustada, y todo desapareció tan repentinamente como había llegado.
No pude evitar preguntarme si, al rendirme tan fácilmente, mi plegaría había sido en vano, si más bien había provocado el efecto contrario con mi dejadez.
Pero cuando horas después comprobé que no había sido así, no cupe en mí de felicidad.
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